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Yuki Rutherford Camui Narumi Herzog von Fürst

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Pekeña eskritora -no oficial- antisocial kon un humor partikular y un kriterio frío y kalkulador.

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Sigh...

'Déjalos a ambos y mejor quédate conmigo.'
¿Somos capaces de decirlo?
Lo sé tan bien como tú...
Duraremos toda la vida con ellos si seguimos con la relación como está...
Pero tú y yo nos consumimos porque sentimos celos, porque nos deprimimos sabiendo que no sería feliz con nosotros, que nada puedes hacer para dejar de sentir lo que sientes...
Sin embargo... duele más la incertidumbre.
Porque al menos tú sabes cómo lo quieres y lo aceptas...
Y yo... no lo defino.
¿Quiero decirle eso? Sí. ¿Por qué? ¿Qué más siento...?
El día ya no se me ilumina si me confundo... ya no expreso si lo pienso...
A ti te queda tu voz, tus letras...
A mí me quedaba eso... pero lentamente dejo que se apague y pronto estaré agonizando...
Como tú en ése entonces...
El cristal se está rompiendo y todavía no lo puedo afrontar...
Parece que siempre estuvo ahí, lo noté, pero pensé que era algo que se iría con el tiempo, que era normal que sucediera...
Y han pasado los años y sigo igual...
¿Cuándo terminará?

Me pregunto lo mismo que tú...



PD.- Ai nante
 
 

2_9

Capítulo III

III: Carta de Amor

 

- ¿A qué debo que no llegases a mi habitación para despertarme y contarme de cuán maravillosa es tu prometida? – preguntó Ann al entrar al comedor por la mañana.

- Porque llegué muy cansado y tan feliz que lo único que quería hacer era dormir.

Ann lo miró, intrigada y esperó más detalles.

- Ayer conocí a una crítica que, casualmente, no está amargada, no es nada fea y tampoco tiene mal carácter.

- ¿Cómo se llama?

- Sophie Knight-Smith – respondió el joven con orgullo.

Ann abrió los ojos con sorpresa y sonrió.

- Así que un inculto como tú conoció a la Joya de la literatura moderna.

- Cuidado con eso de inculto que sí he leído a Shakespeare y a Dickens.

Ann rió y se dispuso a desayunar.

- ¿Te cautivó?

- Digamos que la encontré... curiosa.

- Claro, ¿y Jess no dijo nada?

- No me habló en todo el camino de regreso a casa.

- Entonces... ¿puede que me libre de tener a esa alimañana como cuñada?

- Ann... – regañó el mayor.

- No me culpes, no es que me caiga mal, es que no la soporto.

- Pues no, no cancelaré mi boda con Jess. Anoche, Sophie sólo llamó mi atención y eso es todo. No estoy planeando ya cómo dejar a Jess para ir en busca de una persona de la que sé nada...

- Oh, genial, entonces iré cancelando de una buena vez todos los preparativos.

- ¿No escuchaste lo que te dije?

- Por supuesto que lo hice, niegas todo lo que pasa por tu mente. Siempre haces eso antes de llevar las cosas al contrario de lo que intentas creerte. Puedes preguntarle a nuestro tío cuando lo veas.

- ¿Viene?

- Sí, habló hace un momento. Debe llegar justo a la hora de la comida, así que no esperarás mucho para darme la razón.

- Incluso si fuera cierto, yo de todas formas quiero casarme con Jess...

- ¿Porque la amas o porque ella sería una buena candidata para que papá te acepte?

- Ann, ¿cómo rayos piensas que lo haría por eso?

- Porque soy tu hermana, así de sencillo. A veces haces tantas cosas que no te gustan y al final no obtienes nada bueno de ello. Pero dejando de lado ese motivo, tampoco eres capaz de decir que es porque la amas. Si así fuera, yo creo que no habría ninguna otra mujer que te “causase curiosidad”. ¿En serio crees que me creería algo así?

- Con intentar no pierdo nada – admitió el pelinegro.

Ann entrecerró sus ojos azules con molestia y continuó comiendo su fruta.

- Mhn... ¿Qué crees que sería bueno como pretexto para invitarla a cenar?

- ¡Pensé que nunca lo preguntarías!

Dïan se echó a reír y se calmó en cuanto su hermana comenzó a trazar los planes de acción. Más tarde se encargaría de Jess, porque, si de algo estaba seguro, era de que ése sueño no lo había tenido sólo porque sí y, por primera vez, haría caso a ello. Ni hablar de cómo tomaría su tío la noticia de que había tenido una especie de visión...

- Pero antes de hacer cualquier cosa, debes terminar con Jess – dijo Ann con mirada decidida –. Si comienzas a frecuentar a Sophie estando comprometido con Jess, ¿qué crees que pensará? Lo mejor será que te quites por completo a esa tonta de encima y que comiences a tratar de forma más amistosa a Sophie. Después usaremos los recursos de las flores y todo eso...

- En ese caso, esta noche llevaré a Jess a un restaurant y ahí le diré que nuestro compromiso se da por terminado...

- Bien, de lo demás yo misma me encargo. Por cierto, ¿qué color de ojos tiene Sophie?

- Verde oscuro, ¿por?

- Curiosidad...

- Nos vemos por la tarde, me voy a la empresa.

- Bien, no se te ocurra llegar tarde y nada de mandarle flores a Sophie, mejor llámala e invítala a comer para mañana.

- ¿En casa?

- ¡No! Eso sería demasiado formal, mejor llévala a algún café bonito y moderno, demonios, ¿es que no tienes ni la más remota idea de cómo crearle recuerdos bonitos a una persona?

- Claro, pero Sophie es especial y por eso no puedo hacer cualquier cosa. Por eso me apoyo en ti.

- Halagador, hermanito, pero yo no voy a estar ahí para cuando estén a solas y te toque conquistarla de verdad.

- Lo sé y ya me estoy preparando para ello.

- ¿Cómo?

- Eso, es confidencial. Nos vemos después.

Dicho esto, depositó un beso en la mejilla de Ann y se marchó, dejándola con una sonrisa en el rostro. No había duda de que Dïan hablaba en serio...

- ¡Alphonse! Tráeme el teléfono y la agenda, tengo muchas cosas qué cancelar.

Y ella, por supuesto, no iba a esperar indicaciones.

 

En tanto, Sophie se encontraba en su oficina terminando su nota acerca del nuevo libro de un francés de nombre Phillipe-Michel. Un capuchino aguardaba a lado de su portátil y al fondo del escritorio estaban las revistas de publicaciones que tendría que revisar para después centrarse en su nueva nota, todo ante la mirada atenta de su secretaria.

- Roxanne, comunícate con Vivian y dile que necesito que me envíe sus notas de la fiesta de ayer.

- Enseguida, señorita Sophie.

Roxanne salió, dejando sola a la crítica enfundada en un traje sastre negro y con el cabello negro recogido en un sencillo peinado.

La noche pasada había llegado tan cansada que no había tenido tiempo de terminar su última crítica y tampoco pudo ordenar las pocas notas que había tomado de los prospectos a escritores del año.

No que se arrepintiera, de hecho la había pasado muy bien. Lo único que había arruinado las cosas era la mirada amenazante de una rubia que parecía estar casi respirando sobre la nunca de ambos.

- Listo – se dijo, satisfecha, al terminar.

Se reclinó un poco hacia atrás, al tiempo que daba un sorbo a su bebida.

La línea del teléfono sonó y, muy a su pesar, tuvo que abandonar su momento de relajación.

- ¿Sí, Roxanne?

- La señorita Vivian viene en camino y en la línea dos está la llamada de un tal Dennis Alden y por la uno la espera... Dïan Hudson.

Sophie se abalanzó, técnicamente, sobre su escritorio y tomó el teléfono.

- Tomaré la del señor Hudson; dile al señor Dennis que estoy en una junta, pero que me comunicaré con él más tarde.

- Como usted diga.

Respiró profundamente y tomó el teléfono.

- ¿Diga?

- Lamento interrumpir tus horas de trabajo – se disculpó Dïan con ton divertido –. Sólo llamaba para invitarte a comer mañana.

- ¿A dónde?

- Es una pequeña sorpresa.

- Bueno, creo que mañana tengo una junta y...

- La Joya literaria puede darse el lujo de escaparse del trabajo al menos una vez – instó el CEO.

- Te veo en recepción a las dos en punto.

- Ahí estaré y, por cierto, lleva ropa cómoda.

- Bien, hasta luego...

- Jusqu’à tôt, mon belle.

Sophie colgó el teléfono, sonriendo sin darse cuenta.

- ¿A qué debemos esa sonrisa de romántica empedernida? – inquirió una voz femenina desde el umbral de la puerta.

Era Vivian.

- Detalles, detalles.

- Oh Dios mío, ¡estás saliendo con alguien! – exclamó la pelirroja –. ¡Exijo sabe quién es!

- Shh, ¡calla! En realidad todavía no es nada seguro y recién nos conocimos anoche...

- No me digas que es el súper sex idol con el que estabas bailando...

Sophie no pudo evitar sonrojarse, cosa que bastó para que la otra compartiese su dicha.

- A ese hombre sí que no debes dejarlo escapar con tus cosas, ¡es una oportunidad entre un millón!

- No sé lo suficiente como para decir que él es o podría aspirar a ser la mejor cosa que me haya pasado en la vida. Eso todavía está por verse...

- No me digas que le harás una prueba de cultura...

- Eso ya lo superó, ha leído suficientes novelas románticas para saber que una forma de conquistar a alguien difícil es con el detalle, el idioma y el tono con el que pronuncia las palabras...

- Mhn... ¿Cuál será la dichosa prueba entonces?

- Me gustaría saber su forma de hablar con el corazón... en realidad es una cosa sencilla, o lo hace y es un conquistador con buen corazón o simplemente es un patán con aire en la cabeza.

- ¿Y cómo van las apuestas hasta ahora?

- Cincuenta y cincuenta.

Vivian sonrió y se acercó a abrazar a su amiga.

- Estoy segura de que ese hombre es el indicado...

- Tal vez. Bueno, ahora al trabajo...

- Eso sí que no, no me has dicho ni su nombre y tampoco me contaste si te besó o algo.

- No, no ha pasado nada más que un baile. Su nombre es Dïan Hudson y es presidente de una compañía de juegos de realidad virtual llamada...

- Le-Ciel-X

- Sí, justamente esa compañía...

- Mujer, ¡pero si con ese hombre te has sacado la lotería! Millonario, guapo, culto y con sentido del humor, ¿qué más esperas? ¡Es obvio que debe tener un buen corazón! Si se dedica al desarrollo de juegos virtuales, es porque le gusta divertirse y hacer divertida la vida de otros, no sé qué más quieres, en serio.

Sophie rió, mientras que Vivian bufó con indignación.

- Detalles, detalles – repitió la crítica.

- Tendrás que presentármelo pronto – resolvió la periodista sin reservas, causando una nueva risa en la pelinegra.

- Tal vez lo conozcas mañana, saldremos a comer...

 


 

Continuará...

 

Mis límites están ahí para ser rotos.

15: Mi Countdown ha iniciado.

Yuki Rutherford Camui Narumi.

Capítulo II

II: No memorias

Despertó de pronto, empapado de sudor y con el corazón latiéndole rápidamente. Estaba en su cama y las cortinas todavía permanecían cerradas. Volteó hacia el reloj de su mesita de noche y éste marcaba las cuatro y media de la madrugada.

- Todo fue un mal sueño – dijo con alivio.

Se dejó caer de nueva cuenta y cerró los ojos. El sueño se le había ido por completo y todavía permanecía muy inquieto por la pesadilla que había tenido, y ni hablar de los malos presentimientos que ya se fabricaban en su interior.

Hasta donde sabía, su compromiso con Jess seguía en pie y no había tenido ningún problema ni con ella ni con su hermana, mientras que su tío todavía no regresaba de su viaje por Australia; entonces, ¿qué rayos significaría ese sueño tan vívido?

- Creo que con esto de la boda ya comienzo a alucinar...

Cerró los ojos por unos momentos y se movió una y otra vez entre sus mullidas sábanas, no encontrando una posición lo suficientemente cómoda para que conciliase el sueño de nuevo.

Había un par de gemas esmeralda que no le permitían querer adentrarse de vuelta al mundo de Morfeo. ¿Qué tenía que hacer una chica, que jamás había visto en su vida, metida en ese sueño trágico? No que se quejara en sobremanera, había sido lo único rescatable de todo el bendito sueño.

Volvió a concentrarse en dormir, dentro de una hora tendría una junta con accionistas de la empresa y se pondría en marcha el nuevo proyecto de realidad virtual que prometía ser el punto clave de toda la corporación.

A decir verdad, se avecinaban más que simples pesadillas a su vida. Tal vez esa fuese una reacción inconsciente ante la presión de la que sería presa...

 

- ¡Alphonse! ¿Dónde rayos está la pajarita de mi endemoniado traje? – grité histéricamente desde mi habitación, al tiempo que trataba de encontrar el dichoso pedazo de tela.

- ¡Alphonse!

- Ya, calla, estás siendo demasiado grosero – interrumpió Ann.

- Es tarde, ¡tengo derecho!

- No, no lo tienes. Jess no morirá si llegas dos minutos tarde, así que cálmate ya.

Dïan sonrió y despeinó a su hermana como gesto de cariño.

- No sé qué haría sin ti, Ann.

- Lo sé. Ahora, vete, no querrás hacer esperar más a la futura señora de Hudson.

- Trataré de llegar temprano.

- Está bien, pero lo más probable es que me encuentres dormida. No me vayas a despertar...

- Si vengo demasiado feliz, será inevitable.

- Como sea, no hagas mucho escándalo...

El mayor rió de buena gana y besó su frente antes de irse.

Antes de que se diera cuenta, ya estaban en la entrada del salón de la editorial donde se llevaría a cabo la fiesta a la que había sido invitado.

- Ah, por allá están Lara y Marine, iré a saludarlas – advirtió Jess, besando su mejilla para después marcharse hacia las mesas de selección.

El pelinegro frunció el ceño, veía muchas caras familiares, pero no tenía ganas de ir con ninguno de ellos y sostener una aburrida plática de negocios.

- ¡Dïan! – le llamó alguien a lo lejos.

Bastó con ver el cabello rubio, los ojos marrones y la jovial sonrisa que siempre lo acompañaba para recordarlo por completo.

- ¡Hace mucho que no te veo! – le dijo al llegar hasta él.

- No cabe duda que ha pasado mucho tiempo, Derek. Supongo que estás aquí para promocionar tu nuevo libro.

- Así es, se llama “El amanecer del invierno” y parece estarse llevando la atención de algunos editores importantes. Espero finalizar con una buena oferta al final de la fiesta.

- Nada mal.

- ¿Vienes con la hermosa Jess?

- Sí, ahora está hablando con sus amigas...

- ¿Y Ann?

- En casa, durmiendo probablemente.

Derek sonrió con pena. Ambos se conocían desde hacía ya una década, justo cuando aún iban a la escuela juntos y Derek había sido, hasta la fecha, el eterno enamorado de Ann. Nunca se lo había confesado, pero bastaba con ver las miradas meladas que siempre le dirigía a la dama cuando éste creía que nadie lo miraba. Ann, por su parte, nunca comentaba nada al respecto, sencillamente hacía como si nada sucediese. Sólo por eso, Derek estaba seguro de que esa atracción era recíproca.

- Esta noche en verdad hay gente muy importante para donde quiera que mires – le dijo Derek, abrazándolo por los hombros –. A tu izquierda podrás ver a la gran mayoría de editores importantes del país y a la derecha están tanto inversionistas como escritores. Al centro, me parece que están los promotores, la pelinegra de cabello hasta la cintura es la principal.

Dïan la vio, de pie en el centro de la pista y con la mirada fija en el otro extremo del salón. No tardó en advertir que el color de sus ojos era verde y justamente tenía la vista posada en alguien en especial, pero no se preocupó por ubicar al personaje; Dïan estaba más ocupado conteniendo el aliento al sentir ese palpitar desbocado que hacía su corazón con la visión de aquella persona tan hermosa...

Derek sonrió abiertamente al ver la cara de su amigo, él también había caído bajo el encanto de Sophie Knight-Smith.

- Su nombre es Sophie, no está comprometida y tiene uno de los mejores puestos como crítica literaria. Generalmente, si ella no aprueba tu libro a leerlo, puedes irte despidiendo de cualquier sueño que tengas de convertirte en escritor de renombre.

- ¿También es escritora además de crítica?

- No, pero de todas formas tiene el apoyo de casi todos los jefes de editorial más importantes de Europa. Por eso la llaman la Joya Literaria.

- Bueno, entonces a conocer por qué le han asignado un puesto tan importante...

- Oye, Dïan, no es por molestarte, pero ¿no crees que Jess podría enojarse si te ve hablando con ella?

- No tiene por qué, ella me abandonó por sus amigas.

Derek sonrió nerviosamente al ver cómo el pelinegro se dirigía con paso firme hasta Sophie, volteó hasta encontrar la rubia cabellera de Jess y suspiró.

- Creo que esto no va a terminar bien... – se dijo.

Aunque, tal vez, hubiera sido buena idea advertirle a Dïan acerca del carácter de Sophie...

- Buenas noches – saludó a la joven.

Sophie sonrió como respuesta.

- ¿Le molesto si le hago compañía? – preguntó.

- En lo absoluto, pero me gustaría saber el nombre de quien se ofrece a acompañarme de forma tan amable.

- Soy Dïan Hudson, encantado – se presentó.

- Sophie Knight-Smith.

Dïan no besó la mano de la chica ni la saludó con un apretón de manos, simplemente le sonrió como respuesta y eso bastó para llamar la atención de Sophie. Pero la realidad era que Dïan estaba tan nervioso que hasta se había olvidado de las formalidades y es que Sophie era ella...

- ¿Qué hace usted aquí? – le preguntó la chica.

- Buena pregunta – dijo, riendo –. En realidad, estoy aquí porque tengo amistad con el presidente de esta editorial. ¿Y usted?

- Estoy aquí para darle un vistazo a los escritores que aprovecharán esta fiesta para la promoción de sus libros.

- ¿Se guía por las apariencias?

- No, me guío por la forma de hablar que tengan.

- ¿Cree que podría definirme a mí ahora mismo?

Sophie rió, divertida y negó.

- Cuando hablaba de “darles un vistazo”, me refería a ver el talento. Usted no es escritor ni mucho menos, mi estimado, por eso no podría juzgarlo.

- Entonces ¿ni siquiera hará el intento?

Dïan clavó su mirada de zafiro sobre la esmeralda de la joven, quien adoptó una actitud más seria y se cruzó de brazos.

- Veamos, es una persona seria, pero que no se deja llevar por la amargura. Tal vez sea susceptible y definitivamente le gusta medir a la gente por sus talentos y la forma en que los desarrollan..., eso es lo más que podría decirle.

- Interesante... ¿qué pensaría si le pidiese que bailase esta pieza conmigo?

- Que... espero soporte pistones, porque no sé bailar.

Ambos rieron de buena gana, pero no impidió que Dïan la tomase de la mano y pusiese una mano en la marcada cintura de la chica.

- Con que prometa que se esforzará en no pisarme, todo estará bien – susurró a su oído.

Sophie sonrió ante el atrevimiento del joven, mas no dijo nada. Únicamente se permitió dejarse llevar por la música, así tal vez tendría suerte y no terminaría pisando a nadie.

Todo, bajo la atenta mirada de una rubia que veía con ira mal contenida la forma de comportarse de su prometido...

 


  Continuará...

Firmemente continúo con la convicción del ideal que he guardado celosamente hasta ahora. No me pienso dejar ganar, no me importa si caigo un montón de veces, porque cada vez es más difícil que alguien me tire. Sólo necesito tenerlo presente con mi yo, porque, después de todo, todavía no soy capaz de vencerme a mí misma. Pero quiero lograrlo... y lo haré.

 

Besos,

Yuki Rutherford Camui Narumi.

 

 

Capítulo I

I: Argollas

 

Dïan estaba muy aburrido, los papeles llenaban su escritorio dejando apenas un hueco para la portátil y una taza de café. Se había recostado mejor contra el respaldo de su silla, mantenía los ojos cerrados y escuchaba el incesante tic-tac del reloj que colgaba en la pared de lado derecho.

Hacía ya dos semanas que le habían asaltado y, por voluntad de su hermana, él se mantenía todavía dentro de la casa. Había engañado a Ann diciéndole que no recordaba nada de lo sucedido aquel día y su hermana se había conmovido por su situación al grado de explicarle de la mejor forma lo que había pasado para que su compromiso con Jess se disolviera.

Su mirada azulada se centró en el cajón del escritorio. Ahí, reposaban esos aros de hierro que podrían haberlo atado con una farsante.

- De la que me enamoré como un estúpido – se dijo.

Suspiró y se sentó de forma adecuada, prendió la portátil y tomó algunos de los documentos que debía revisar.

- Al demonio con el amor y con las mujeres, hay cosas más importantes que un inútil compromiso.

Su mente instantáneamente reaccionó ante los números y las estadísticas que iba analizando con la mirada al tiempo que consultaba los valores de la bolsa. No le daría ningún pretexto a su padre para que pudiese echarle en cara su falta de eficiencia.

 

- ¿Señorita Ann? Es la señorita Jess.

Ann cerró la novela de Rubén Darío que se encontraba leyendo y tomó el teléfono con repugnancia.

- Gracias, Alphonse.

El mayordomo hizo una pequeña reverencia y se marchó, dejando a la dama sola en el jardín.

- Hola, Jess.

- ¡Ann, me alegra tanto oírte! No estarás enojada por el rompimiento de tu hermano y yo, ¿verdad?

- Al contrario, estoy más que feliz por ello.

- ¿En verdad? – preguntó la muchacha, desconcertada por la actitud de Ann.

- Por supuesto, si no hubiera sucedido, ten por seguro que yo lo provocaría por todos los medios posibles; es tan desagradable la idea de que pudimos habernos emparentado contigo.

- Tu hermano fue quien se enamoró de mí y tomó las cosas demasiado en serio.

- Tú lo has dicho, “fue”, tiempo pasado. Ahora, si me disculpas, tengo cosas qué hacer y espero, de corazón, no tener que escucharte ni verte de nuevo. Si lo evitases, me harías un gran favor que bien podría limpiar ligeramente tu reputación de mujer barata. Ojalá que hasta nunca, Jess.

Colgó el teléfono y sonrió ligeramente, al menos ahora Jess estaría haciendo los suficientes berrinches para envejecer su rostro.

- ¡Alphonse! – llamó, el mayordomo se acercó rápidamente con una sonrisa –. Manda a llamar a mis masajistas, necesitaré todo un tratamiento antiarrugas para hoy por culpa de esa... mujerzuela.

- Como usted diga, señorita, y, si me permite decirlo, valió la pena el sacrificio.

- Lo sé, Alphonse. Por cierto, ¿qué está haciendo Dïan?

- El joven Dïan se encuentra trabajando en su despacho.

- ¿Ya desayunó?

- Pidió su acostumbrado café y Monique le llevó también unas galletas.

- Es un necio, pareciera que insiste más en matarse que en vivir...

- No diga eso, señorita. Usted sabe que todo lo que hace su hermano es para no dejarse vencer por su padre.

Ann suspiró con tristeza y miró sus manos.

- Siempre lo tengo presente, Al, pero me siento impotente de saber que no puedo hacer nada para ayudarlo y la única ocasión en la que me metí en su vida, terminó siendo un desastre total.

- No se culpe, tuvo la mejor intención al hacerlo. Además, al joven Dïan le basta con su compañía, significa mucho para él.

- Sabes que eso no es suficiente.

Alphonse se quedó callado ante las palabras de Ann. Sí, no era suficiente y tampoco podía tomarlo como consuelo.

- Pienso que sería mejor que él se fuera de viaje por un tiempo – confesó la chica, desviando la mirada hasta los rosales.

- ¿Qué le dirá?

- La verdad: Que necesita tomarse unas vacaciones. No aceptará de buena gana, pero confío en que nuestro tío me ayude a convencerlo.

- ¿Es que el señor Josh vendrá a visitarnos?

- Está por llegar a casa...

Alphonse sonrió en complicidad con Ann y se retiró para arreglar la habitación donde el señor Hudson se quedaría mientras estuviese con ellos.

- Después, lo único que debo hacer será tener fe.

 

Horas después, Dïan se encontraba acostado sobre la portátil. Su intento de mantener su mente despejada había sido un completo fracaso. Entendía el sube y baja de la bolsa, y tampoco le costaba procesar la información financiera que se le reportaba, lo que no podía era mantenerse quieto en medio de números y letras. Todo le estaba carcomiendo la cordura.

Casi por inercia, abrió el cajón derecho y sacó una pequeña cajita negra, la cual contempló un buen tiempo sin detenerse a abrirla o a dejarla de nuevo dentro del cajón.

- Por más que quieras ver que cambie, la caja seguirá siendo una caja, Dïan – dijo una voz desde el umbral de la puerta.

El pelinegro rápidamente volvió la vista hacia el dueño de aquella voz y sonrió.

- Supongo que esa sonrisa significa que me reconoces.

- ¿Cómo olvidar al divertido y simpático tío Josh?

- Pues así como tú no olvidas a este joven eterno, yo tampoco olvido al joven anciano.

Dïan rió y se levantó para saludar a su tío como era debido.

- Mi intención era llegar inadvertido hasta aquí para darles una sorpresa, pero, como siempre, Ann se enteró de alguna forma de mi regreso y arruinó casi todos mis planes.

- Claro, siempre yo tengo la culpa – intervino Ann desde la puerta, mirando de buen agrado la reunión de ambos hombres –. Me alegra tanto tu forma de expresarte de mí, tío, en verdad es conmovedora.

- Sobrina, querida mía, sabes que te lo digo con la mejor de las intenciones. Mis comentarios envidiosos son siempre halagos sinceros.

Ann rodó los ojos y Dïan soltó una risita junto con el otro hombre. Dos sirvientas entraron al despacho con dos bandejas, una con tazas y una tetera, y la otra con un plato de galletas y azúcar.

- Supe lo del fracaso con Jess – dijo Josh una vez que la servidumbre se retiró –. ¿Qué pasó?

- Todo apunta a que nada fue como los dos esperábamos. Ella tenía intereses distintos a los míos, y tal vez su forma de hacerlo notar pudo haber sido más sutil.

- Mhn..., debo suponer entonces que su relación no finalizó en el mejor de los términos.

- Efectivamente – aceptó Dïan.

Josh sonrió levemente y le lanzó una mirada de complicidad a Ann, cosa que no pasó desapercibida para Dïan.

- Creo que con toda esta tragedia, lo mejor que podría pasarte sería tomar unas vacaciones.

- Ni hablar, esas dos semanas en cama me costaron más que el Mercedes que Ann deja bien guardado en el garaje.

- Oh, vamos, Dïan. La verdad es que la empresa puede defenderse perfectamente por un mes y, además, Ann y yo podríamos hacernos cargo perfectamente de cualquier cosa que se presentase; lo sabes.

- De todas formas, no necesito vacaciones. Esto está bien en la forma en que marchan las cosas, no tienen que preocuparse de nada.

- Hermano, no es que menosprecie tu inteligencia, pero sabes que necesitas tomarte un descanso. No podrás manejar de la forma adecuada la empresa si sigues divagando en lo que sucedió o no sucedió con Jess – Dïan iba a hablar, mas Ann le calló con un ademán –. No soy una inútil, si es lo que piensas, puedo hacerme cargo del área financiera y, si tuviese alguna duda, para eso está nuestro tío que, casualmente, es consultor.

- No es eso, Ann...

La joven se puso de pie bruscamente, cortando sus palabras.

- No quiero tus justificaciones, sigue haciendo lo que quieras – dicho esto, dejó la taza sobre la bandeja y se marchó, cerrando con fuerza la puerta.

- En verdad que no la entiendo, últimamente le dan unos arranques de enojo bastante peculiares.

- Entiéndela, se siente culpable por lo de Jess y trata de remediarlo, pero tú le dificultas sus planes y sabes que eso termina por enfadarla. Ya se le pasará.

- Sí...

Josh observó a su sobrino con preocupación. Debía darle toda la razón a Ann, el semblante tranquilo de Dïan se había esfumado y sólo quedaba una especie de decepción marcada en la forma de mirar que éste tenía.

- Mejor vayamos a dar un paseo, hace mucho que no piso la ciudad y me gustaría ver qué tanto ha cambiado.

- Como gustes, tío, te veo en la puerta, iré por un suéter y de paso le avisaré a Ann...

- Está bien.

Cuando el chico salió, Josh se acercó al escritorio y tomó la cajita negra. En realidad, también podía aprovechar ese paseo para liberar a su sobrino de la tristeza patética que lo consumía.

- Ann no quiso abrirme y creo que tampoco me escuchó – dijo Dïan al bajar las escaleras.

- No se preocupe, joven Dïan, yo le diré a la señorita Ann. ¿Les esperamos para la cena?

- Tal vez – respondió Josh.

Dïan alzó una ceja, claramente intrigado por la respuesta de su tío, mas no dijo otra cosa.

- Que se diviertan – les deseó Al desde la puerta.

Ambos subieron al Mustang del mayor y partieron sin ningún rumbo fijo. Solamente irían a dar un vistazo, no había planes qué trazar ni nada similar. O al menos eso le hacía creer Josh a su sobrino.

- Dïan, ¿sabes qué significan las argollas de un matrimonio?

Dïan desvió la mirada hacia el paisaje que se ofrecía por la ventanilla y guardó silencio.

- Implica sometimiento a fin de cuentas – respondió tras unos minutos.

- ¿No crees que quizá ésa es la razón por la que Ann está tan irascible últimamente? Creo que le pesa bastante que tú sigas atado a Jess y no hagas nada para romper ese lazo.

- El compromiso entre ambos terminó, no sé qué más esperan que haga.

- Puede que el compromiso se rompiese, pero eso fue por parte de ella. ¿Qué hay de ti?

- No la he ido a buscar ni pienso hacerlo, si es eso a lo que te refieres.

- Eso no es la única señal de que tú todavía no das por terminado este asunto...

El menor comenzaba a impacientarse, prueba de ello eran las manos convertidas en puños.

- Sigues guardando las argollas que usarías para el día de la boda – señaló el mayor con voz tenue.

Dïan no podía negarlo porque aquella cajita, que contemplaba tan a menudo, reposaba ahora sobre el tablero del auto. Optó por forzar su mirada a mantenerse lejos del escrutinio de su tío y de la cajita de tormentos.

- Te entiendo, Dïan, créeme que lo hago y por eso no estoy aquí para reprenderte y sé que no quieres hablar, por eso creo que lo mejor es que te alejases de esto por un buen tiempo.

- Tengo muchas responsabilidades como para dejarlas abandonadas de un momento a otro por algo que pasará más temprano que tarde.

- Si una de esas responsabilidades es Ann, sabes que a ella no le gusta que la tomen como pretexto para evadir las cosas.

- ¡No es eso!

Josh miró de soslayo al chico y suavizó la mirada.

- Dïan, en este mundo a veces pasan cosas que nadie puede explicarse, pero suceden por una razón muy poderosa y, aunque parezca que alguien más decide por ti, en realidad siempre eres tú el que tiene la última palabra. No puedes andar por ahí tratando de engañarte a ti o a otros, porque tarde o temprano te vas a enfrentar a la realidad y podría resultar más dolorosa de lo que pudo ser desde un principio...

- No entiendo qué quieres decir con esto.

Josh sonrió de forma melancólica y negó con suavidad.

- Sabes que no estás solo y que cuentas con tu hermana y conmigo para todo lo que necesites sin importar qué sea, promete que te cuidarás mucho.

- Hablas como si nos fuéramos a despedir – bromeó el chico.

- Es que... creo que el lazo de las argollas se romperá de forma drástica.

- ¿De qué...?

Uno, el ruido del impacto de dos autos.

Dos, las consecuencias del efecto dominó.

Tres, la pérdida de control sobre una maniobra y el choque de otro auto contra la parte del copiloto del Mustang.

Cuatro, la pérdida de la consciencia y el sumergimiento en la oscuridad.

 


 

Continuará...

 

Uhm, pues aquí el primer capítulo... espero les guste... y creo que eso es todo por ahora.

Besos.

Yuki.

 

Prólogo

Algún Lugar

 

No más palabras. ¿Para qué malgastaría el lenguaje soltando insultos que no podrían desaparecer la sordidez que le pesaba? No, debía soportarlo.

- Qué tontería – murmuró, sosteniendo con fuerza su brazo derecho.

Se apoyó contra la pared de un callejón sumamente oscuro y se dejó caer lentamente hasta quedar sentado en el polvoriento suelo. Hizo una mueca de dolor al tensar, sin querer, el músculo dañado de su brazo. Sentía la tibieza de la sangre emanando de la herida abierta, pero no se quejó más. Como pudo, se levantó y retomó su camino; probablemente su hermana estaría muy preocupada por su repentina desaparición. Por supuesto que las cosas no se calmarían en cuanto lo viese en ese estado, aunque era peor dejarla con la angustia.

El frío del invierno no ayudaba en su lucha contra el cansancio que comenzaba a atacarlo con mayor fuerza conforme el tiempo pasaba. Para su sorpresa, logró llegar a la calle y pudo tomar un taxi. El conductor no lo vio de buena manera porque lo creía tomado, mas no le negó el servicio; fue gracias al retrovisor que se dio cuenta del aspecto malherido del joven.

- Lléveme a la calle Le Blanc – le indicó al conductor.

- Señor, ¿no preferiría que lo llevase al hospital? No veo que se encuentre nada bien.

- No hay necesidad, esto no es grave.

El taxista frunció el ceño, no muy convencido, pero no dijo más.

Al cabo de media hora, llegaron a Le Blanc: “La senda más cercana al Edén”, o al menos eso recordaba haber leído el taxista en alguna revista del corazón de las que su mujer compraba.

- Estaciónese en la mansión blanca de la izquierda – pidió el joven con el tono apagado.

El taxista se estacionó y bajó para ayudar al joven a caminar hasta la puerta.

- Apóyese en mí – le dijo al muchacho.

La cámara de la entrada los enfocó y las puertas se abrieron sin previo aviso. La mansión estaba bastante adentrada, pero no lo suficiente como para no observar las siluetas de personas que venían corriendo hacia ellos.

- ¡Hermano! – exclamó una voz femenina.

- ¿Qué ha pasado? – exigió saber un hombre de altura considerable y ojos amenazadoramente oscuros.

- Yo... yo lo encontré saliendo de un callejón de la avenida principal y me detuve para hacerle el servicio – se explicó nerviosamente el humilde personaje.

- Está bien, él no sabe más. Recompénsenlo... – dijo antes de caer desmayado en los brazos de uno de los guardias que le sujetaban.

- Señorita Ann, vaya a llamar a un médico. Hugh, lleva al señor a su habitación. Ustedes – dijo, refiriéndose a los demás hombres de seguridad –, ayúdenle para que no lastime al señor mientras sube las escaleras.

Todos comenzaron a moverse, acatando las órdenes de lo que parecía ser el mayordomo. Éste suspiró pesadamente y sacó la cartera del bolsillo delantero de su pantalón.

- Con esto debe ser suficiente para que olvide lo que vio, a menos que quiera meterse en problemas – le advirtió al taxista.

- No, señor, descuide que yo no he visto nada.

Tomó el dinero y se marchó en su vehículo sin mirar atrás. Cuán dura podía ser la vida de los ricos, especialmente porque éstos mismos se la complicaban solos.

- Al menos con esto podré llevar de vacaciones a mi familia – se dijo con una sonrisa.

 

Entretanto, Ann estaba angustiada por el estado tan lamentable de su hermano. Las ropas finas de CK estaban en un rincón de la habitación, rasgadas y manchadas de sangre; sin embargo, no era eso lo que peor se veía: Con sólo lanzar una rápida mirada al rostro de su hermano, moreteado y con trazos de sangre ya seca, bastaba para saber que la había pasado demasiado mal.

El doctor no tardó en llegar y la revisión fue llevada a cabo con el joven todavía inconsciente. Suspiró y negó con lentitud, como si hubiese algo que no le gustase.

- ¿Doctor? – le llamó la chica con miedo.

- Las personas que atacaron a su hermano, no tuvieron reparo alguno en los golpes que lanzaban. Definitivamente querían matarlo, creo que fue un milagro que su hermano saliese con vida.

- Lo asaltaron – aseguró el mayordomo que había revisado la ropa de su amo, encontrando nada en los bolsillos.

- Será mejor que levanten un acta, mientras tanto él debe guardar absoluto reposo. Para cuando despierte probablemente los dolores le harán gritar, por eso le recetaré algunos analgésicos. Conociéndolo, recobrará su fuerza en dos semanas.

Le dedicó una sonrisa tranquilizadora a Ann y se dispuso a marcharse.

- Alphonse, acompaña al doctor a la salida, yo me quedaré a cuidar a mi hermano.

- Como usted diga, señorita.

- Con permiso, Ann, no dudes en llamarme si pasa algo.

- Gracias.

Cuando cerraron la puerta, Ann se sentó a lado de su hermano y le cubrió con las mantas. Él se removió entresueños y apretó la mandíbula, probablemente los golpes ya comenzaban a doler de más.

- Tonto, cómo odio cuando tu impulsividad habla en vez de tu razón – le reprochó la chica, acariciándole el cabello negro.

- Jess... – murmuró el chico apenas lo suficiente para que Ann le oyera.

Su mirada se tornó triste y tomó sus manos entre las de ella, todo como una seña de apoyo.

- Ella no merece que la sueñes siquiera. Nunca debí presentártela.

El joven se quejó unas cuantas veces más hasta que quedó profundamente dormido para el alivio de Ann, que no le había soltado las manos en todo aquel tiempo.

- ¿Señorita Ann? - susurró al entrar para no despertar al amo.

- ¿Dime, Alphonse?

- Vaya a dormir, yo me quedaré para cuidarlo.

- No hace falta, Alphonse, vaya a descansar...

El mayordomo no insistió más y, tras una breve reverencia, salió de la habitación del joven. Sonrió cálidamente, la unión entre ésos dos no menguaba bajo ninguna circunstancia.

Por su parte, Ann se levantó y acercó una silla hasta la cama, se sentó y volvió a tomar las manos del pelinegro, observándole por unos minutos antes de acompañar a su hermano al mundo del descanso.

 

Dïan abrió los ojos ligeramente, parpadeando varias veces para poder acostumbrarse a la luz que comenzaba a llenar la habitación. Trató de levantarse, pero rápidamente desistió del intento con un pequeño grito de dolor.

- No hagas ningún esfuerzo – dijo Ann al entrar con la bandeja del desayuno –. ¿Recuerdas algo de lo que te pasó anoche?

Dïan se acomodó lentamente entre las mullidas almohadas tratando de no dejarse caer por completo y, después, negó.

- ¿Me atropelló un camión? – le preguntó a la chica.

- No.

Dïan guardó silencio, no quería discutir con su hermana. Ya había notado que ésta estaba de muy mal humor y así podría hacerla enojar con mucha facilidad.

- ¿Puedes comer? – le preguntó, sentándose en la silla donde había despertado por la mañana.

Dïan estaba por asentir, pero, la ira contenida que se dejaba entrever en los ojos verdes de Ann, le hizo desistir.

- No del todo...

La chica cogió una de las tostadas y le untó mantequilla, luego se la acercó y Dïan comenzó a comer, completamente avergonzado, al sentirse tan inútil.

- ¿Realmente no recuerdas absolutamente nada de ayer? – inquirió la chica luego de un rato.

Dïan hizo un esfuerzo por recordar, sabía que había algo muy malo, pero sencillamente no daba con ello. Era como si su mente lo hubiese bloqueado por completo.

- No te esfuerces, si no lo haces es porque debes tener tus razones. Por ahora no es urgente, sólo lo sería para detener a los que te asaltaron.

- ¿En verdad eso me pasó?

- Sí, menos mal que pudiste escapar.

Dïan volvió a quedarse callado. Era de tontos preguntar por más, quedaba claro que él se había desaparecido, con ello había angustiado a todos y, encima, se había ganado que le asaltasen y casi terminara muerto.

Alphonse entró tras tocar, en su mano derecha llevaba una bandeja pequeña con unas pastillas y un vaso con agua. Le sonrió al joven amo y esperó a que la señorita terminase de darle de desayunar a su hermano.

- Toma, el doctor te recetó esto para el dolor – le dijo tras darle las pequeñas píldoras.

- Alphonse, ¿alguna novedad de la empresa?

- Ninguna, señor, el joven Edward parece estar llevando muy bien las cosas en su ausencia.

- Dïan, ¿podrías centrarte un poco en tu salud en vez de andar preocupándote por los negocios?

Ann bufó, indignada y se levantó, cerrando con brusquedad la puerta luego de haber salido.

- Está muy sentida – murmuró el pelinegro con disgusto.

- La señorita Ann se preocupó mucho por usted, joven Dïan. Incluso se quedó a dormir aquí para hacerle compañía.

- Alphonse, ¿tú puedes decirme por qué rayos fui a parar a un callejón, solo?

- Me gustaría explicárselo, señor, pero no tengo ni la más remota idea.

El chico alzó una ceja, creyéndole nada a su sirviente, mas no hizo comentario alguno.

- Está bien, Alphonse, puedes irte.

- Con su permiso, señor.

Al saberse solo de nuevo, cerró los ojos y trató, por su bienestar, de reprimir un bostezo que podría costarle dolor extra. Sintió que el sueño le vencía de nuevo y de lo último que tuvo noticia fue de la sonrisa de una mujer, cuyo recuerdo clavó menos que alegría en su corazón.

- Jess... – soltó en medio de un suspiro.

 


 

Bueno, este es el principio de una historia que Tohma me pidió que hiciera. En realidad, fue sacada en menos de un día, lo cual no me enorgullece, pero trataré de corregir los posibles errores que tenga y está de más decir que, ojalá, sea de su agrado.

Hasta la próxima.

Yuki Rutherford Camui Narumi.

 
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